Bienvenido a la antología de Blogueratura

"en esta sección encontrarás TODOS los textos (que no sean cuentos) que los miembros del proyecto han aportado"

Fecha limite para la entrega de trabajos: 22 de diciembre.

CIUDAD NAVIDAD
Luna de nieve
en noche de navidad.
Brindamos deseos,
bebiéndonos la paz. Dame tu mano
y canta, que
llora un niño
en la ciudad.
Noche de Navidad, no,
ya no se marchará!

*De "POEMÁGENES", (c) Luis Tamargo.


NO TIENE PRECIO
Un estrecho brazo de tierra unía la península del recinto al resto de la ciudad. Algo le alertó de que había traspasado el umbral de alguna invisible frontera, tal vez influido por el hecho de que los vehículos no podían hacer lo mismo. El cielo cambiante del norte estaba hoy claro y la tarde, diáfana de azul, apropiada para el paso calmo y el trayecto breve. Miró el reloj en un gesto instintivo de rutina y, ante la primera bifurcación que salió al encuentro, optó por la senda de su izquierda, que ascendía zigzagueante bordeando la costa suave, ceñida a un mar bravo que ahora prefería mecerse en una tregua pausada de olas. No quería olvidar que se trataba de un mar fiero del que ya en otras ocasiones pudo comprobar su látigo de viento, cuando enarbolado de su coraza gris batallaba rudo y rugiente. Atrás quedaban ya, sepultados por el apacible entorno, el murmullo de tráfico y muchedumbres que poco antes le apresaban los sentidos.
Ahora la costa abría su vereda al paseante para convertirlo en cómplice de la inmensidad que iba descubriendo. Se paró e hinchó los pulmones en un trago hondo, intencionado de aire, en un intento egoísta por apropiarse de aquel instante preciso. Le inundó entonces aquel sabor a salitre que recordaba de la niñez y, despiertos los poros a la percepción, se sorprendió capaz de escuchar y sentir con inusitada viveza.
Arriba, una nube de gaviotas anunciaba su llegada. El Palacio de Convenciones se erguía majestuoso junto al Parador y, desde lo alto, el panorama se ampliaba para perderse en un horizonte limpio, aunque jalonado de rompientes. Se asomó al acantilado abrupto; enfrente, la costa suave saludaba entre distante y orgullosa. Volvió a respirar hondo queriendo alargar los segundos, antes de reanudar el camino de regreso.
Inició el descenso a la sombra de los pinos y palmerales que tejían una liviana techumbre de frescor. Se agachó para recoger un par de piñones sueltos que olisqueó antes de guardar en el bolsillo. Un aroma de resina se expandía de entre los árboles y saturaba la tarde que se cernía entre apagados cantos de búhos y urracas. Mientras, al fondo, seguían sonando los chillidos intermitentes de las gaviotas vecinas. Echó un último vistazo a la playa, otra vez el paseo tocaba a su fin; podía divisar el muro de verjas que contorneaba la entrada al recinto. Tintineó la piel áspera de un piñón dentro del bolsillo cuando un estruendo de sirenas rompió el sosiego. Un tumulto de gente se agolpaba a la entrada principal en torno a una columna de humo. Enseguida reconoció a los dos hombres que se acercaban pendiente arriba corriendo hasta él. El jefe de seguridad habló primero:
-¿Se encuentra bien, señor?
-Sí, claro. ¿.Pasa algo?
Otros dos agentes hicieron acto de presencia por el lateral de la costa y aún se sumaron otros dos más que pudo distinguir, apostados en el límite del arbolado.
-Bueno, señor, esta vez el tiro les salió por la culata. El artefacto les explotó cuando lo manipulaban. Hay cambio de planes, señor. Salgamos del recinto por atrás, ya nos esperan.
-.Pero ¡es Navidad! Quería acercarme a los almacenes del centro para comprar algún regalo.
-No se preocupe, señor, llegará a tiempo a la cena –bromeó su jefe de seguridad.
Llegó rodeado de doce hombres al furgón militar que aguardaba al otro lado de las verjas. En su interior, el capitán le tendió un uniforme.
-Debe cambiarse, señor Presidente. Ya sabe.
-Déjeme su teléfono, oficial, necesito hacer una llamada.
–casi suplicó en tono urgente mientras se desvestía.
El Presidente marcó el número de su secretaria:
-Señora Donovan! .Sí, bien, sí. Mire, necesito que me compre un regalo para mi esposa. Una joya, sí. No, otro anillo no. Una pulsera o unos pendientes, cualquier joya, no importa el precio. Bien, estaré en una hora. Perfecto.
Salió del furgón custodiado por dos oficiales en dirección al helicóptero que ya en marcha les esperaba. Pudo observar de soslayo el coche oficial que emprendía la salida escoltado por el grupo motorizado. El Presidente tomó asiento al tiempo que olisqueaba uno de los piñones recogido en su paseo. Se recostó con la cabeza atrás y los ojos entornados intentando rememorar el breve aroma de un recuerdo. Cuando sobrevolaba la capital de su distrito, la ciudad iluminada de fiesta se ofrecía como un crudo espejismo, tal vez demasiado real, demasiado caro.

Luis Tamargo.


Lo que quiero.

Quiero un Santaclós inyectable. Uno que me regrese las medias noches de los veinticuatros de cada diciembre. Que le ponga el gorrito rojo a mis neuronas y me saque un reconfortante !Jo, jo, jo! Que me quite esta nariz de Rodolfo el reno tapada de un fluido más que navideño para mí. Quiero un Santaclós inexorable, absolutista. Un Santaclós Hitler, Un Santaclós Stalin. Que lo Reyes magos sean Mussolini, Gengis Kan y Atila, el azote de Dios. Todos ellos con ponche alrededor de una mesita, todos ellos ebrios saliendo a repartir balazos y regalos con unos moñotes rojos y envolturas brillantes y de colores. Imagínate a Atila mandando miles de ordas de espíritus de los hunos muertos en batalla, acercándose como un tsunami inminente la noche de navidad, gente aterrorizada y optando por el suicidio de tanto terror, y entonces, cuando llegan, matan sólo al Presidente municipal y empiezan a repartir miles y miles de regalos que no alcanzabas a pagar en toda tu vida. Todos festejan y sonríen por el acontecimiento y luego Mussolini y Gengis (kan) hacen su acto de danza contemporánea inspirado en la gracia del algodón de azúcar con limón, la interrelación de este con la peregrinación a Terreros, su repercusión social en la tendencia hipermodernista de Soho y sus detractores modernistas y posmodernistas que a su vez son acusados de imperialistas. Todo un drama existencial lleno del colorido necesario para la fecha. Quiero un Santaclos que me traiga el muñeco de acción de Erasmo Catarino y Javier a la Torre en sus versiones travestis para jugar a las comiditas. Quiero, en resumen y sin rodeos, que mi rato de lucidez se tarde mucho en llegar. No quiero, por favor no quiero. No quiero ver la Navidad en su estado real.
Post data: Tengo sueño.

* Relato de José Juan Mendoza González
02 de Diciembre de 2005

Fuera de borda
Me tomó más de diez minutos ponerme en pie, después de una lucha entre sábanas. Las cuatro horas que estuve acostado fueron de un abrir y cerrar de ojos en cada movimiento a acomodo: si estaba boca arriba, me daba vuelta, si el lado derecho, prefería el izquierdo. Me quejaba como niño, como cuando uno cree que si en ese momento se mantiene en silencio el cuerpo se rompería, y ya no se vuelve a caminar. Hice el amor con la mujer más hermosa de la tierra. Estábamos viendo televisión, cualquier cosa. La falda café que llegaba a las pantorrillas, ajustada por las caderas y suave al final, dejaba una invitación en el aire, una cartera abierta de frenesí. De un sofá a otro no me di cuenta, pero estaba a su lado ya en el momento en que mi mano buscó los vellos de su sexo. La miré, la besé, me besó más ella. Mi pierna se clavó en la división del sofá. Comencé a sentir un entumecimiento que iba al mismo tiempo subiendo cuando mi éxtasis buscaba una salida, un paraje. Ya –dijo-. Me retiré después de besarle, inmediatamente sentí que mi pierna derecha no respondía; al apoyarla en el suelo fue una especie de madero que encuentra base y se detiene erigido unos instantes, pues su peso obliga a encontrar la línea horizontal. Dejé de caminar a la mañana siguiente. Primero me mortifiqué porque no había lugar a dónde ir, no había cómo ir. No dormí y algunas horas después regresé de un sueño. Estaba con mi padre tratando de atrapar un róbalo en un río verdoso de Tuxpan. Mi viejo se llenaba de agua salada los lentes, el pez voló cerca del bote "agacha la caña, la línea debe estar abajo, al ras de la lancha" bajó la caña, la red llegó al agua y atrapó un animal de diez kilos, cuando menos. Un Róbalo, seguro, por la línea negra que partía su cuerpo, las escamas plateadas, la boca rosada; fueron unos segundos y el pez se hundió con la red amarilla y enseguida algo pesado en la misma dirección. Volteé a ver a mi padre, pero no estaba. En un instante me sentí solo, desprotegido, la lancha se tambaleaba en cualquier sentido, las piernas se me adhirieron al piso lleno de agua como si tuviera vida propia. Cerca de las doce del día entorné los ojos y vi que el sol entraba en su punto a través de la ventana. Tenía en las manos un pedazo de tela de cortina, la cara arañada y me había orinado. Los calcetines mojados, en las piernas se marcaba el lecho, la estampida de la vejiga. La cama allá atrás; me vi muy cerca de la puerta del baño y ya. Mi viejo no salió del agua. Ni sus lentes ni su sombrero de Totomoxtle, ni sus dientes de oro. Mantuve el silencio. Poco después estaba llorando con los codos sobre las rodillas, asustado, ensimismado, sin más ruido que la zambullida de un Martín Pescador. El ventilador se trabó, troc, troc, troc. Olí su queja. El humo se escapó por el botón de girado. Pronto la caparazón de la bobina: engranes, rondanas a presión y demás metales y plásticos se tornaron volubles. Se derritió primero el cambiador de sentido luego el ángulo giratorio. La sábana acaparó los trozos derretidos de plástico, calientes como flamas humeantes; la tela tomó su propio fuego y formas, parecía una serpiente resbalando por la arena, algún pez tratando de zafar el señuelo. Miré la caña. El carrete: el centro de acero monel tenía una argolla de hilo, el resto se había esfumado, enredado entre piedras, ramas de mango y árboles sumergidos en su cementerio acuático. Las vacas dejaron de pastar. Los animales huelen la zozobra, saben de incendios, conocen el momento en que lo humanos morimos. El loro agitó las alas, tropezaba con los garrotes de su jaula atascada de naranja cucha. Se aceleraba, siempre hablando. Repetía sin falla los diálogos más contagiosos de Pedro Infante, Nosotros los pobres, pero sus consentidos eran pedacitos como "Toritoo, Toritooo" y remataba con un cadencioso "Fifififiuuuu". Una de sus alas conoció el fuego: el animal cayó debajo del garrote y no lo vi subir nuevamente. El techo se tornó gris, luego negro, como rayones de niño en las paredes bajas. Las primeras nubes escondieron el sol radiante. Eran nubes negras, las grises venían retrasadas. Había dejado de llorar. Tenía las lágrimas pintadas en la cara. La gasolina resbalaba por el tambor rojo, como de costumbre. Al viejo le gustaba traerlo bien lleno, "no importa que el fuera de borda sea de seis caballos". Y luego el Johnson gris con cabeza en color blanco fue su más notable adquisición después de la caída de carterpilar. Antes del accidente se echaba al hombro el Johnson de 35 caballos. Bajo de estatura, hipertensa, miope, pero de exagerado empecinamiento, Amando, Patiño o Acelo o de cualquier manera como se le quiera conocer, tenía el corazón más grande de la familia. Quizá el peso de su corazón le venció, por eso cayó al agua, no hay otra explicación. Eso pasó, dije, fue su corazón. Alcé el rostro. Me vi envuelto en las humaredas, los cuadros se caían chamuscados. No pude ver más allá de mis pies. Ni una silla, ni el ropero. Por el contrario, podía oler sensiblemente. Distinguí entre los objetos su materia. Sabía que el ventilador había quedado completamente derretido. Fidel, el lorito, tenía su pico intacto, pero su cuerpo estaba fundido. Los cortineros se estaban despegando de la pared, el televisor y demás aparatos colocados uno encima del otro se desprendían a segundo de sus cristales, perillas y botones. El olor a plástico predominaba. Las primeras gotas cayeron sobre mi inmenso cráneo. Me apuró, entonces, observar que las vacas se alejaban echando las patas para atrás. Me miré las piernas, pequeñas, flacas, los tenis rojos mojados, la maleta de provisiones flotando al lado del achicador. –La maleta de provisiones, ¡vaya!-. Tomé la pequeña maletita de cuero. La abrí, encontré el encendedor de cocina que papá tomó a espaldas de mamá (la mujer de cabellos canos, lentes y una boca fruncida y llena de amor) mientras preparaba el almuerzo, "no te lleves el encendedor, Amando". Papá rió, me miró y lo echó al maletín, se escurrió por el comedor y escuché abrir la puerta principal. Volteé y encontré el rostro de Ángela (mi madre) viéndome con una sonrisa de complicidad de adivino. Saqué el encendedor, tomé un tubo rojo con mecha que mi padre utilizó dos o tres veces que nos quedamos varados por la baja marea de la luna llena, dos meses antes, en junio. La miré y pensé que si le daba fuego. Tal vez algún hombre. Sí, el cuidador de vacas, ¡claro! Sí, las vacas se están retirando porque alguien las arrea; este hecho lo había visto decenas de veces en el rancho, a orilla del río Remolino, cuando mi cuñado vigilaba al ganado. Un olor a carne quemada llegó a mí. Levanté la cabeza, a manera de radar, giré el cuello y localicé el punto de fuga. Los dedos de mis pies se consumían; ahora sí los hongos se mueren. Por años luché sin éxito: pomadas, talcos, plantas hervidas, zapatos nuevos cada mes, orines de burro, y los míos cuando me bañaba. Todo llegó a estar en la piel poblada de hongos. No había dicho nada, pero la calentura me había llegado. El agua de las nubes se desparramaba sobre mi cabeza. Los mocos escurriendo, las manos temblorosas, el encendedor se cayó al agua; me asusté, por un momento creí que ya no encendería. El agua turbia que llegaba a los primeros agujeros de mis tenis rojos, tenía una mancha de colores, aceitosa, espesa. Metí la mano y saqué el encendedor. Los pies me picaban, la comezón y el pus estaban instalados en la piel. Como cualquier niño me quité los zapatos y vi la sustancia, densa, amarilla, batida entre los dedos. El agua dulce no había penetrado sino en la planta. El pus estaba embarrado entre la tela y los nudillos. Me estremecí. No sentía nada. Olía todo cuanto podía. De vez en cuando tosía, pues el humo era abundante. Distinguí enseguida la carne cocida, en las rodillas, a punto medio en los muslos y partes nobles. Quise dar vuelta apoyando los brazos en el piso. Debo confesar que el olor no es tan malo; a la lumbre lo mismo huele la piel de pollo y la del humano. Ni los brazos ni las mano ni el cuello; una parálisis me sujetó al cemento rojo. Vaya. Tomé el pequeño tubo rojo, le quité el casco y saqué el pabilo –lo alisé y enrollé, estirándolo con fuerza-. Disparé el encendedor y la llama afloró azulosa. En una la luz, en otra el fuego. Recordé la carcajada de El Viejo cuando le pregunté la diferencia entre ambas " la luz cuesta, la de la casa. El sol nos presta claridad sólo unas horas, y la luna otro tanto. El fuego tiene voluntad propia, llega y se va cuando menos te lo esperas". Las vacas se detuvieron. Pensé que el cuidador había dejado de llamarlas: tal vez por estar demasiado cerca, localizó el bote, me advirtió y venía caminando precipitadamente. Aguardé unos minutos. Sobre mi pecho olitas naranja y negro desprendían vellos tras vellos. Así ha de ser en África, me dije, cuando hace mucho calor y los herbajes son arrasados, algunos animales escapan y otros se quedan, caen y esperan la lumbre. Como estos últimos soy yo. Vello tras vello, centímetro tras centímetro, arrugado, seco, chicloso, negro, amarillo; el cuello y la cara están a su merced. La lluvia se acentuó. Nadie a la vista, sólo las vacas. Se veían lindas paradas, estáticas, parpadeando en sincronía, babeando, con el pasto saliéndoles por la trompa, levantaban la cola, sin quitarme su atención un instante. Suspiré. La luz cedió, los árboles se tornaron intensamente oscuros; platanales, mangales, las mismas palmeras, chocaron sus hermosos cuerpos contra el viento, silbando, avisando. El fuego surtió al pabilo. La llama se ensanchó, debía soltarla ya. Bajé la mano para tomar impulso; la otra mano mantuvo el encendedor abierto: dos flamas. Al percatarme me confundí y no supe cuál soltar. Un súbito movimiento de la lancha me echó hacia atrás; ambas manos contuvieron los objetos que poseían. Mi cabeza pegó en el Johnson. Allí quedé sostenido alguna fracción de tiempo antes de ver que sobre la proa del pequeño bote se asomaba el rostro de mi viejo, chorreante, con los lentes sostenidos en su nariz plisada, la boca abierta, tragando el aire que le era permisible, jadeante, con el brillo de los dientes de oro opacado por las hierbas enroscadas en sus ranuras. Al tratar de subir, en su desesperación, movió el bote con tanta fuerza que mi cuerpo resbaló hacia el compartimiento cercano al motor, de manera que solté, como consecuencia, lo que tenía en las manos. No pude ver cómo el fuego recorrió mi cuello. Las sirenas entraron por mis oídos. Alguien afuera llamó a los bomberos. Pobre Fidel, ya estaría totalmente quemado. Nunca se apareó. Fiel a la radio, fanático de la Hora de Pedro Infante, fue quizás un buen crítico de cine. Lo extrañaré. Olí cómo el agua caía sobre los muebles, el colchón, el tapete, los trastes y demás enseres. Tuve al fuego en mis narices. Lo miré y tuve la sensación de que se había tomado un descanso en ese punto con el abrasador propósito de verme directamente a los ojos. La mancha azul de gasolina sobre el agua acaparó la luz y al encendedor; un hilo que se engrosaba conforme su avance, encontró el tanque rojo. Logré ver a Amando con medio cuerpo dentro del bote. Quise avisarle, pero mi voz se escondió en no sé qué parte. Sonreí al constatar que Amando estaba completamente en el interior de la lancha. Encontré sus ojos. Estoy seguro que alcanzó a ubicarme. El sonido de la explosión sacudió el edificio. Vi caer del techo la base del ventilador. La vi porque estaba dirigiéndose hacia mí. Las tablas de la embarcación flotaban en pedazos. Las vacas huyeron. La lluvia golpeaba el cuerpo inerte de Amando, tendido sobre lo que fue la proa. La nevera me sostuvo unos segundos, mientras mis ojos se cerraban espoleados por la lluvia, animados por la calentura.


* Relato de Marcelo Antonio Morales Renaz

Otra Navidad

¡¡Feliz Navidad!!
¡¡Felicidad a todos!!.
¡Salud!...
Era todo cuanto llegué a escuchar en las habitaciones contiguas a la mía que provocaron me despertara. Ahí, mal acomodado en un sillón con la botella en la mano apenas y podía apoyar todo mi cuerpo, la corbata estaba deshecha. Embriagado hasta el tope, según en mis ansias locas, disfrutaba de esa fiesta al igual que los otros. En la cama yace una mujer desnuda durmiendo y roncando. Mal vestida con traje de Santa que no se pudo quitar completamente –según mi borrachez- antes de que le llegara con mi cuerpo y mis ganas de poseerla.

Después de unos meses arduos de campaña, de visitar a cuanta gente inmunda existe en comunidades alejadas, poco podía relajarme, quizá era más reconfortante hospedarse en hoteles y brindar con los conocidos o disfrutar de los lujos que me hacían merecedor de tan arduo trabajo.
La gente me conoce más, me mira y dice que soy igual que en las fotos que aparecen en las calles, en los postes, en el metro.
Y yo hablando de todo, de las promesas, de los contrarios, de los que nunca hicieron lo que yo sí podré hacer bajo palabra o cualquier notario.
La radio siempre en polémica por competir por cosas nuevas aunque en las calles se pudran papeles con mi imagen y se malgasten por millones. Estaba convencido, era el mejor. La vanidad se volvió amiga y compañera.
Mis compañeros más cercanos no dejaban de llamar. No podía alejarme de la tumultuosa sociedad. Aparecer en periódicos o en los lugares más caros era parte de una vanidad que fue creciendo al paso de los meses, al oído de los consejeros, al propio ego.
Y decidí terminar con aquella relación que me asfixiaba por tan hogareña que resultaba, eran más convincentes las modelos jóvenes y esculturales que llevaban a mis eventos. Muchas por conquista, otras por saberme aún deseado, otras por capricho y así mi fama fue aumentando.
Después el triunfo. Luego los problemas y todo cuanto lleva el duro placer de la política. Así, año tras año me fui llenando de canas; ya no era el mismo ambiente.
Hoy, con tan sólo festejar ésta noche, ni esa mujer desnuda por la cual he pagado cinco mil pesos me acompaña siquiera. Ha perdido la gracia del maquillaje y el perfume de la hora citada.
Todos brindan, todos se abrazan, acuden a sus casas en busca de familiares.
Yo creí que los tenía en mis amigos, en quien votaba por mí, a quien di un trabajo de barrendero o limpia-cristales.
Me he quedado solo en ésta habitación, ebrio, mal peinado. Sin ganas de llorar tampoco.
Tal vez alguien en algún lugar de verdad me recuerde y brinde por mi alma, deseando que me encuentre bien.
Bueno, pues pobre no soy, puedo poseer lo que yo quiera con todo y la algarabía que en los diarios se divulgue.
¿Cuánto cuesta una Navidad?
¿Cuánto cuesta una compañía que esté a mi lado deseando buenaventura?

Brindo pues, por lo que pude obtener más no por lo que nunca llegó.
Navidad en soledad que feliz sea para aquellos que la disfrutan
Salud

* Dra. Kleine

 

 

BLOGUERATURA DESEA A TODOS SUS USUARIOS UN FELIZ AÑO 2006 LLENO DE LETRAS

Sobre el especial navideño: El especial navideño constaba de tres secciones (que luego se hicieron 5 y nosotros nos hicimos bolas):

1. Los mejores blogs literarios del 2005. Por la escasa votación, resumimos las votaciones a una sola categoría.

2. "Una colección de cuentos navideños". Ningún cuento respetó los parámetros (fecha, tamaño) jajajaja. Daremos los resultados próximamente. Tengan paciencia, también nosotros tomamos vacaciones.

3. Lee los relatos que participaron.

4. La serie navideña de El Enigma.

5. Los que odian la navidad.

¡GRACIAS A TODOS LOS PARTICIPANTES!

Ya estamos revisando los registros pendientes en el directorio, pronto sabrán si su blog es parte del proyecto este 2006. Tengan calma pequeños saltamontes!!!!

Ve a las secciones del Especial Navideño antes de que la nieve se derrita

 

¿Odias la Navidad?
El Grinch se fue este año con las manos vacías. ¡Al parecer en Blogueratura les gusta la Navidad!
   
   
Colección de cuentos Navideños
Estos son los cuentos que llegaron! Algunos fueron mandados después de la fecha límite y extendemos el tiempo para que los demás usuarios puedan leerlos.  ir
   

El cultivo de los árboles de Navidad.
(Traducción: José Luis Justes Amador)


De las muchas actitudes ante la navidad
Hay algunas que debemos rechazar:
La social, la torpe, la comercial,
La desordenada (la de los bares abiertos hasta medianoche)
Y la infantil que no es la del niño
Para el que la vela es una estrella
Y el ángel dorado que despliega sus alas
En la cima del árbol, no decoración sino ángel.

El niño ante el árbol se asombra.
Dejémosle que siga en su espíritu
Con la Fiesta que es tal y no pretexto.
De ahí que el rapto brillante, la maravilla
Del primer árbol de navidad que se recuerda,
De ahí que las sorpresas, las delicias
De las nuevas posesiones (cada una
Con su peculiar olor y emocionante),
La espera del ganso o del pavo
Y el alborozo de su llegada,

De ahí que la alegría y la reverencia
No deban olvidarse en la experiencia posterior,
En la cotidianeidad o el tedio o la fatiga,
En la certeza de la muerte o la conciencia del fracaso
O en la piedad del converso
Que puede corromperse por la vanidad
Que no gusta a Dios y desagrada a los niños
(Y aquí recuerdo con gratitud a Santa Lucía,
Su villancico y su corona de fuego):

De ahí que antes del fin, la navidad número ochenta
(Y "ochenta" significa la que sea la última)
Los recuerdos acumulados de la emoción anual
Deben concentrarse en inmenso gozo
Que será también inmenso temor
Como en la ocasión en que descienda
El terror a cada alma:
Porque el principio debe recordarnos el fin
Y la primera venida, la segunda.

The Cultivation of Christmas Trees
(texto original de T. S. Eliot)


There are several attitudes towards Christmas,
Some of which we may disregard:
The social, the torpid, the patently commercial,
The rowdy (the pubs being open till midnight),
And the childish - which is not that of the child
For whom the candle is a star, and the gilded angel
Spreading its wings at the summit of the tree
Is not only a decoration, but an angel.

The child wonders at the Christmas Tree:
Let him continue in the spirit of wonder
At the Feast as an event not accepted as a pretext;
So that the glittering rapture, the amazement
Of the first-remembered Christmas Tree,
So that the surprises, delight in new possessions
(Each one with its peculiar and exciting smell),
The expectation of the goose or turkey
And the expected awe on its appearance,

So that the reverence and the gaiety
May not be forgotten in later experience,
In the bored habituation, the fatigue, the tedium,
The awareness of death, the consciousness of failure,
Or in the piety of the convert
Which may be tainted with a self-conceit
Displeasing to God and disrespectful to children
(And here I remember also with gratitude
St.Lucy, her carol, and her crown of fire):

So that before the end, the eightieth Christmas
(By "eightieth" meaning whichever is last)
The accumulated memories of annual emotion
May be concentrated into a great joy
Which shall be also a great fear, as on the occasion
When fear came upon every soul:
Because the beginning shall remind us of the end
And the first coming of the second coming.

* Traducción de José Luis Justes Amador.

A Buenos y malos

¿Quién ante tanta elocuencia
de la Navidad y su reverencia,
No deja por lo menos una demencia
De pensar en ese gordo
De risa sin clemencia?

Yo sé que al menos,
Alguien sin frenos
Comprará un regalo
Y abrazará el fiel halo
De ver en el cielo renos
Pensando en dejar de ser malo.

¿Es la nieve o el frío,
Las luces o las risas,
Los regalos de mi tío
O deseos de vecinas
Los que dan ese sentido
De campanillas y albricias?

Puede que exista lo contrario,
Uno que no sonría a diario,
y con mueca a alguien pida
Que pase rápido el calendario

Más por fortuna hay otros
Esos que viven como locos,
Respirando y temblando
Más la Navidad celebrando.

Hay de todo en éste mundo
que lo pida o lo viva inmundo
que genere buenos motivos
o que odie al mundo iracundo.

¿porqué no? hagan todos un aditivo
de sonrisas y paciencias
al que sólo es delictivo.

Buenos o malos, negros o blancos,
Chiquitos o grandes, andando o en zancos
Hemos de desearles, para serles bien francos
Que en las temporadas olviden
Dineros y bancos.

Que sea buena Navidad la que pasen
Todos aquellos que positivo pensasen
Y los que no, pues a ver como le hacen,
Porque los demás felices se abracen.

¡Enhorabuena a buenos y malos!

* Poema de la Dra. Kleine

25 de diciembre Fun, Fun, Fun...

(on December five and twenty fum! fum! fum! & le marche du rois)

Papa Noel atravesaba la calle vacía de automóviles a paso ligero, cargado con un saco lleno de regalos. Iba jadeando, el peso del saco junto a los kilos más de su cuerpo hacían mella en él; “¡Se van a enterar esos malditos renos cuando vuelva a casa¡ ¡Será posible¡¡Una huelga en plena Navidad¡” iba pensando el abuelo, recordando el momento en que Rodolfo, el representante sindical de los renos, entró en su despacho y le dijo que querían doble ración de  forraje y de sima, a partir de ese momento. ¡Por supuesto que no¡ contestó él, y entonces Rodolfo muy educado, eso si, le dijo que se buscara otros esclavos para tirar de su trineo.

Y allí estaba, en Madrid, sudando como un cochino, por que el mes de diciembre de 2005 estaba siendo excepcionalmente caluroso en esa zona, y su precioso traje rojo, confeccionado con plumón de ave, estaba muy bien para los fiordos, pero para aquí...

Aceleró el paso con un gran esfuerzo, debía darse prisa o no le daría tiempo a terminar su trabajo, además si se pasaba de hora, los gnomos que había contratado para tirar del trineo, le pedirían un sobresueldo y no estaba la economía para muchas fiestas.

Así que resoplando se dirigió a la siguiente dirección de su lista.Al torcer la esquina se encontró de frente a un par de chicos sentados en un banco. Frenó en seco, y miró hacia todos lados buscando un sitio donde esconderse. En ello estaba cuando uno de los chicos miró en su dirección y abriendo los ojos como platos, le dio un codazo a su compañero; “¡tío, alucina¡” le dijo, y el otro oyendo esas palabras con tan gran significado, miró a lo que alucinaba a su colega; “¡ostias¡” respondió, empezando a reír bajito y acompasadamente “ji,ji,ji”.

Papa Noel no supo que hacer, era la primera vez que se encontraba en una situación parecida; alguna vez que otra había tenido que esconderse precipitadamente en alguna casa, cuando algún crío se había levantado al escuchar en sueños los escasos ruidos que producía dejando sus regalos, pero ¡esto¡ ¡Señor, estaba perdiendo facultades¡

Los chavales se levantaron del banco y se acercaron al tipo vestido de Papa Noel, riéndose y hablando en voz baja. Cuando llegaron a su altura, uno de ellos le tendió el cigarrillo que llevaba en la mano. “pilla colega, que te lo mereces, hay que tener güevos para salir a la calle vestido así”, le dijo. Papa Noel cogió el cigarrillo del chico y lo miró sorprendido; “yo no fumo, gracias” le contestó, “ya tío, ni yo, el tabaco es veneno, pero esto es Gloria, tio. ¡Venga, dale” Y Papa Noel, para no desairar al muchacho, le dio una pequeña calada. “Pues está rico esto” pensó y volvió a darle otro tiento.

Dos canutillos más tarde, Papá Noel sentado junto a los dos chicos en el banco, les contaba sus aventuras, mientras ellos le miraban extasiados. Uno de los chicos, le miró fijamente y le dijo “tío, podías hacernos un favorcito”, “claro, majo, lo que tu quieras, para eso estoy” le dijo Papa Noel con una sonrisa boba en la cara, “pues mira, es que teníamos que llevar este paquete aquí al lado, pero acabo de acordarme que mi madre me dijo que le comprara una barra de pan, y voy a tener que acercarme al Seven-Eleven más cercano, y los colegas están esperando el paquete y se van a poner pelín nerviosos, así que tu, que eres tan majo y te pilla de camino se lo llevas”.”Pues muy bien, yo se lo llevo” dijo Papa Noel contento de poder ayudar a esos dos chicos tan amables.

Los chicos le indicaron el camino y dándole un abrazo salieron pitando en dirección contraria, Papa Noel, sin darse cuenta que los chicos se habían llevado su saco, inició la marcha; se sentía muy ligero y contento, y con unas ganas tontas de reír a cada momento.

Llegó al portal donde debía entregar el paquete, pero no vio a nadie. Empujó la puerta y al ver que estaba abierta, entró. Buscando el interruptor de la luz a tientas, su mano encontró una cara.,¡ Ay¡ dijo, ¡que susto, perdón¡ La luz se encendió y un tipo malencarado le sonrió; “¿y tu quién eres? Le susurró, “esto, yo vengo de parte de unos chicos que me han dado un paquete para dejar aquí” “ Ya, ese cuento ya me lo conozco yo, ¿me das el paquete, por favor? le dijo, mirándole fijamente a los ojos. La mirada de aquel hombre hizo que Papa Noel se asustara un poco, y rápidamente le tendió el paquete.

El hombre quitó los papeles de periódico en los que estaba envuelto, y lo abrió. Sacó una navaja del bolsillo, y con la punta cogió un poco de los polvos blancos que había en la caja, y se los puso en la lengua. Lo saboreó, cerró la navaja y mirando a Papa Noel, sacó unas esposas de su bolsillo trasero y le dijo “Quedas detenido”.

Los diarios del día 26 aparecieron todos con el mismo titular “PAPA NOEL DESAPARECIDO”, más o menos, todos publicaron lo mismo, “Miles de niños en toda España habían tenido la Navidad más triste de sus cortas vidas; ¡Papa Noel no había dejado ningún regalo¡ ¡Inadmisible¡ El gobierno, apoyado por todos los partidos políticos estaba estudiando la posibilidad de demandarle, y pedir su extradición para juzgarle en el pais”.

Pocos lectores de los diarios, repararon en una pequeña noticia :”Detenido el jefe de una banda de narcotráfico. El interfecto pretendía desorientar a la policía disfrazado de Papa Noel”.

* Relato de Gloria Galan

 

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