
BLOGUERATURA DESEA A TODOS SUS
USUARIOS UN FELIZ AÑO 2006 LLENO DE LETRAS
Colección de Cuentos Navideños
El
mejor cuento recibirá un vale electrónico en enero 2006.
Los
trabajos concursantes son los que llegaron antes del:
22 de diciembre 2005.

Sobre el especial navideño:
El especial navideño constaba de tres secciones
(que luego se hicieron 5 y nosotros nos hicimos bolas):
1.
Los mejores
blogs literarios del 2005. Por la escasa votación, resumimos
las votaciones a una sola categoría.
2.
"Una colección de cuentos navideños". Ningún cuento respetó los
parámetros (fecha, tamaño) jajajaja. Daremos los resultados próximamente.
Tengan paciencia, también nosotros tomamos vacaciones.
3.
Lee los relatos que que participaron.
4. La
serie navideña
de El Enigma.
5. Los
que odian la navidad.
¡GRACIAS A TODOS LOS
PARTICIPANTES!
Ya
estamos revisando los registros pendientes en el directorio, pronto sabrán si su
blog es parte del proyecto este 2006. Tengan calma pequeños saltamontes!!!!
Se busca Santa
Por Sofía Reyes PIKGU
El lío había iniciado
demasiado temprano, apenas cuando el reloj marcaba las cinco de la tarde. Al
día siguiente, los periódicos publicaron en primera plana la historia de la
locura.
El dueño del bar de un
destino tropical, lleno de congresos y mujeres de narices operadas, quería una
sorpresa simple para sus clientes, la resistencia de un hombre al calor, la
belleza de un traje rojo y la pulcritud de una barba blanca, en pocas palabras
quería a un hombre que se disfrazara de Santa Claus. A cuarenta grados eso
parecía un pésimo chiste y el letrero que solicitaba había durado dos semanas
sin que ningún sujeto quisiera aceptar.
El letrero pudo quitarse
cuando un hombre de rasgos hermosos y ropa barata, había demostrado tener
estupendas habilidades para la globoflexia y gran fortaleza en las piernas
para artes como sentar en ellas a damas aburridas, que esperan a que el
marido impotente termine con sus labores en el congreso.
El bar se encontraba a la
mitad de su capacidad. Santa reía y mostraba sus habilidades sentado en un
trono adornado con cartón dorado. A Santa, la barba le provocaba demasiado
escozor, así que pidió al encargado un receso.
Santa sabía que había sido
una mala idea, que sería una idea estúpida continuar con una barba de
poliéster. El puto calor, pensaba. En esa playa nunca era invierno.
En el cuarto minúsculo de
los empleados se encontró con una mujer sentada sobre la única silla del
lugar, con los ojos cerrados y con una mano sobre la frente, como si quiera
detener la caída al dormirse profundamente.
Ella abrió los ojos, él se
arrancó la barba y cerró la puerta, le agarró los pechos y los apretó hasta
que se pusieron rojos, le mordisqueó las mejillas y después se disculpó por
las aterradoras marcas de sus dientes. Ella no dijo nada, sintió la alergia en
la barba del hombre y transpiró miedo al escuchar un goteo interminable que
bajaba por entre sus piernas y se convertía en un enorme charco de orines.
Abrió la puerta, asqueado y
salió a enfrentar a sus enemigos.
Cuando llegó la policía, el
pinche Santa Claus estaba eyaculando los regalos vacíos.

Perro, viejo y nochebuenas.
LM©
Un desconsolado perro
campirano avanza por una estrecha vereda, se abre paso a través de rocas,
helechos, musgo y pinos centenarios al tiempo que una ligera aguanieve se
decide a pintar cuarzos sobre la sierra. En esa región los inviernos se
distinguen por apenas dejar ver la nieve. El fiel cuadrúpedo buscaba a su
dueño con el olfato forrado de cristales fríos, temía que las coníferas
hubiesen devorado al curtido anciano que salió desde la tarde tal vez en busca
de alimento, algún conejo, un tlacuache en el peor de los casos, o en busca de
leños para calentar la acartonada choza ante la inminente madrugada de vientos
despiadados. Al no volver, el andrajoso le extrañó y fue a buscarlo cargado de
fuerte culpa por no haberle acompañado, a media montaña se sentó sobre su cola
para descansar, las nubes hicieron lo mismo, se abrieron para mostrar una luna
que matizó instantáneamente la escasa nieve que cayó romántica, en la víspera
de navidad. La noche se desplegó clara como pocas, las constelaciones
galanteaban en compañía de la sonrisa del lejano y mágico satélite, su luz
sobre la vereda incentivó el camino, después de mucho olfatear llegó a su fin
en la cumbre de la montaña. El rastro del anciano se hizo fuerte en dirección
a un gran despeñadero, desde ahí se veían todos los pueblos vecinos con su
cintilar cual espejo del firmamento. Entonces lo vio, el anciano estaba
sentado sobre el tronco de un viejo árbol caído, a sus pies un montículo de
piedras con nochebuenas recién cortadas. Comprendió entonces que debía
sentarse de nuevo sobre su cola y limitarse a contemplar de lejos el dolor de
su amo. El viejo vislumbró el verde destello de los ojos de su amigo en medio
de la oscuridad, un silbido débil y entrecortado fue el llamado, aquel,
moviendo la cola con emoción, se acercó. Una estrella fugaz rasgó el manto
negro al mismo tiempo que una lágrima cayó sobre el lomo del fiel, echado a
sus pies. Sería una triste navidad de no tenerte a ti, le dijo.

ALGO DE DIPLOMACIA
Lee Tamargo
http://leetamargo.blogia.com
Durante el viaje se canta y charlotea;
los islotes están frente a la costa,
más allá de la Isla, y el viaje es largo.
Knut Hamsun.
El percutor volvió a girar y un chasquido sordo le dijo
que no era aquel su momento. El japonés cogió el arma y, después de hacerlo
rodar, lo entregó a su oponente, un birmano que sudaba copiosamente. Sin
embargo él estaba frío, no podía sudar. Se preguntaba por qué tardaban
tanto... Creyó que con encontrar el lugar donde se practicaba aquel juego
mortal su misión concluía por fin. Había estado durante largos meses
intentando introducirse en aquel círculo inmundo de tráfico de personas y
ahora se hallaba apostando su vida a la suerte de una bala caprichosa. El
birmano pasó el brazo sobre la frente sin hallar alivio, minutos antes habían
retirado el cadáver de un esbelto joven polaco a quien no acompañó la suerte
en aquella fatal ruleta. Esta vez el árbitro japonés le tendió la pistola, era
su turno. Alrededor, el reducido grupo de apostantes hacía circular los
billetes en una grotesca jerga de gestos y un murmullo creciente se abrió paso
entre las densas bocanadas de humo que asfixiaban el local. Sí, tardaban
demasiado, no podían hacerle esto a él en su último día de trabajo; mañana era
Navidad, comenzaban sus vacaciones. Posó el cañón sobre la sien y se perdió en
el pensamiento de que algún error imprevisto había ocurrido cuando de repente
el murmullo de los asistentes explotó en desorden y tumulto. Los policías
irrumpieron en bloque voceando y con las armas en alto. Algunos intentaron
huir, pero afuera los coches de los agentes aguardaban en una perfecta
emboscada. Se dejó cachear, era lo establecido. Fue conducido con el resto de
detenidos a las dependencias policiales y allí, en una sala aparte, esperó la
llegada del Inspector Jefe...
-...Puede usted marcharse, agente. ¡ Felices vacaciones!
Llevaba dos años destinado en Europa central, desde
que los vientos desfavorables comenzaron a soplar en Oriente Medio y su
aspecto de diplomático europeo le delataba, imposible de disimular. Sonrió con
ironía al recordar las palabras del comandante... Sí, un funcionario del
gobierno, pero con la vida de cada día al borde del abismo. Echó un vistazo al
reloj, no podía perder el tiempo si quería disfrutar de las vacaciones que
tanto merecía, en casa le esperaban la pequeña Nadia y su esposa, ansiosas.
Cuando llegaba al motel distinguió un pequeño grupo
jóvenes apostado frente a la entrada. Desistió de recoger equipaje alguno y se
felicitó por la buena costumbre de dejar aparcado su vehículo a dos manzanas
del lugar donde residía. Puso dirección a las afueras, hacia la playa. Luego,
mezclado con la oscuridad de la noche, escaló el acantilado y rebasó la
pendiente que ascendía hasta el monte. Arriba, pudo divisar las luces del
aeropuerto y caminó entre sombras hasta llegar frente a la verja
electrificada. Se tumbó, camuflado en el follaje del suelo, y ojeó de nuevo la
hora... Sólo quedaba esperar. Según lo convenido, apareció al fin el vigilante
con dos enormes perros atados, de ronda por el contorno de las instalaciones.
Cuando estuvo a su altura el guardia miró el reloj, rebuscó entre el manojo de
llaves colgado de la cintura y abrió la cerradura blindada, luego se alejó
despacio sin soltar a los animales. Había llegado el momento, disponía apenas
de minuto y medio para atravesar la pista y localizar el avión militar donde
iniciar su viaje de vacaciones, de regreso a casa. Cruzó la verja y corrió
hacia el lateral despejado donde ya rugían los motores del aparato. Subió la
escalerilla como una exhalación, atronado por el ruido de las hélices. Ya
dentro le recibió un oficial:
-¡Feliz Navidad, señor!
Se tendió entre los restos de mercancías de ayuda
humanitaria en aquel avión sin asientos, dispuesto para afrontar un vuelo de
casi dieciocho horas, algo menos si las turbulencias se lo permitían.
El chófer del Estado Mayor le llevó a casa, aseado y
bien arreglado, con las medallas luciendo en el uniforme, a Nadia le
encantaban. Se apeó dos manzanas antes y paseó hasta su calle, desde lejos
divisó su hogar y, al acercarse, distinguió el árbol de Navidad brillante en
el jardín y también dos rostros pegados al cristal, entre los monigotes de
nieve. La puerta se abrió rápida, su mujer y la pequeña Nadia se abalanzaron
sobre él con alegría...
-¡Papá, has venido, papá!
-¡Claro, Nadia, como siempre, hija!...
Mientras ambas le abrazaban sin cesar de reír y
llorar, su esposa le besó al oído un susurro de anhelo contenido...
-¡Te queremos, Leo!
-...Yo también, cariño.

Navidá: una nueva fiesta,
una nueva oportunidad
24 de diciembre de 2005 (en el living) 7:00 P.M.
¿Regalos? ¿Esta navidad? No. Mis esperanzas al respecto
eran –si no inexistentes– casi nulas. Sabía que descubrir un par de tarjetas
pasadas por debajo de la puerta principal era pedir demasiado. Y, como
estaba prácticamente convencido de que nadie me regalaría nada, decidí
invertir toda la mañana del 24 en la búsqueda de un regalo. ¿Para quién?
Para mí mismo. Sí, lo sé, es un tanto ridículo (pero tengo el consuelo de
que nadie tiene por qué enterarse de mis autocomplacencias navideñas).
Después de gastar suela en dos centros comerciales y en
una tienda de antigüedades, decidí visitar la librería del gordo Marcos (me
atrajo el enorme árbol que anticipaba el surtido bloque de Novedades
Editoriales).
Y así, husmeando un anaquel olvidado en una esquina de la librería, encontré
este Diario Personal que ahora empiezo a garabatear. Y me salió
relativamente barato: Veinte Nuevos Soles.
Nunca tuve un Diario (en
realidad, siempre me pareció una cosa de mujeres. Creía que llenar hojas en
blanco contándose a uno mismo las experiencias acumuladas durante el día era
una actividad casada con las faldas y los corpiños).
No hay panetón (lo detesto), pero acabo de preparar una
taza de chocolate. La noche del 24 recién se insinúa. Pienso escribir acerca
de mis navidades; recordar, llenar al menos un par de hojas de este Diario.
Al filo de la medianoche llamaré a Andrea, dejaré un mensaje en el
contestador automático y esperaré a que me responda (no lo hará, pero el
amperaje de mi soledad exige ilusiones, por eso esperaré... esperaré hasta
el día de su cumpleaños para dejar un nuevo mensaje y seguiré esperando).
Bueno, mientras trato de sacarme a Andrea de la cabeza,
podría decir que ya tengo muchas navidades en mi hoja de (mala)
vida. Es más: creo, en términos generales, que ya son suficientes
(sinceramente con 35 Nochebuenas basta y sobra).
De las diez primeras tengo un recuerdo medianamente
borroso. El paso del tiempo desvanece (o altera) sin compasión el manojo de
imágenes que todavía guardo de mis navidades infantiles. Sólo podría decir
con certeza que lo más importante eran los bienqueridos regalos y ese ritual
nocturno impregnado de fósforos marca INTI y los cientos de
cohetecillos que alternaban entre los colores rojo y verde.
Lo importante lo aprendí rápido: sin un buen
regalo debajo del pequeño árbol artificial, la navidad carecía de
significado (o, digo mejor, de valor, para darle deliberadamente un
tono monetario). Porque nunca como en Navidad vales lo que consumes.
Talvez yo tengo la culpa. Me adecué sin resistencia a la
normativas de un mundo que se construye (y a la vez se destruye) en base a
un consumismo inatajable, desaforado. Me volví tempranamente un adepto a esa
cultura que sólo busca contar con un abanico de tarjetas de crédito que sean
capaces de ocultar (o, en el peor de los casos, maquillar) pobrezas de corte
espiritual... porque ser pobre de espíritu sólo se perdona cuando tienes una
coraza monetaria lo suficientemente resistente como para fabricar, con
utensilios desechables, una felicidad tan artificial como ese arbolito de mi
infancia que ya no existe, pues se esfumó junto con mi espíritu navideño.
Una cancioncita algo rimbombante dice que no es lo
mismo ser que estar. Es cierto. ¿Cuál es la verdad de la milanesa?
PARA SER HAY QUE ESTAR (A LA MODA); y si de modas se trata, se me
antoja sentenciar que LA NAVIDAD YA PASÓ DE MODA. Es más: la odio con esa
intensidad con que se odia lo que alguna vez se quiso sin medida.
Talvez odio la navidad desde que dejé de ser niño, o
quizá desde que mis lecturas izquierdosas me mancillaron el alma
anunciándome lo que yo no quería saber: que yo era un burgués de alto vuelo
que formaba parte de la comparsa capitalista que oprime a las dos ‘zas’
(naturaleza, raza)...
Recién voy un tres hojitas y ya no sé qué escribir,
talvez me amparo en un menosprecio al sistema imperante para olvidarme de lo
que en realidad me agobia: estoy más solo que un hongo.
Y es fácil decir que la navidad es una mierda para
ocultar algo que me importa más que la justicia social o la ecología: Andrea
me dejó por ser algo menos que un pobre diablo, por no estar a la altura de
las circunstancias.
Siento bullicio afuera. Siento el timbre de mi vecino.
Parece que hay Cena Navideña. Hablando de timbres, hoy sonó el timbre
durante toda la tarde. Niños, niños y más niños. Todos pedían “alguna
cosita por navidad”. Sólo me animé a entregarle un suéter viejo a una
mocosa desdentada que alcanzó a decirme:
–Feliz navidá, caballero.
–Feliz navidá –le respondí y cerré la puerta
ilusionado: talvez la navidá era una nueva fiesta, una nueva
oportunidad... talvez yo sí estaba invitado... sería genial que Andrea
también...

La Excusa Perfecta
Horacio García Oliveros
http://hegodigital.blogspot.com
Toda la familia estaba reunida celebrando con alegría que era
Nochebuena, pero Marcos no. Era extraño, porque ese niño era uno de los que
más entusiasmo tenía cada diciembre. “¿Qué le pasará a Marcos?”, se
preguntaban sus padres y sus tías cada vez que lo veían sentado y
apesadumbrado viendo cómo se divertían los demás. No entendían lo que le
sucedía al triste niño. Desconocían por completo lo que le había ocurrido a
comienzos del mes en curso.
En esos días, el niño no podía ocultar su emoción por la proximidad de la
Navidad. Contaba las horas y los segundos que faltaban para que la ansiada
Nochebuena llegase. Con ella, sabía que vendría también el “Niño Jesús” a
traerle su regalo. Un camión de bomberos era lo que había pedido este año.
Para él, el “Niño Jesús” era lo máximo, mucho mejor que ese viejo gordo
vestido de rojo que les llevaba los regalos a algunos de sus amigos. Uno de
sus compañeros, que había vivido un tiempo en España, vivía porfiándole que
los Reyes Magos eran mejores por ser tres, pero Marcos siempre le replicaba
que los Reyes no le gustaban porque eran muy lentos viajando en camello y
que por eso llegaban tan tarde en enero.
Lo cierto es que Marcos vivía muy orgulloso del divino personaje que cada
Navidad lo premiaba con obsequios, pero un día -un aciago martes de la
primera semana decembrina- escuchó decir algo que hubiese preferido no
escuchar jamás. Habían estado reunidos varios niños en las proximidades del
colegio hablando sobre los regalos que esperaban encontrar bajo el árbol
este año. “¿Qué te va a traer el “Niño Jesús” ó Santa?”, era la pregunta que
sonaba una y otra vez. “¡Una muñeca que habla!”, “¡un helicóptero!”, “¡un
tren!”, se le oía responder a los pequeños inocentes; mas, cuando le tocó el
turno a Manuel –uno de esos niños que le encanta pretender que no lo es-, lo
que dijo fue: “¡No me va a traer nada porque yo sé quiénes son el Niño Jesús
ó Santa!”. Luego de una breve pausa, agregó: “¡Son tu papá y tu mamá!”.
Algunos de los niños comenzaron a discutir con Manuel diciéndole que estaba
equivocado, pero Marcos se quedó en silencio. Ese momento, para él, fue como
despertar de un muy bonito sueño. Todo tenía sentido. Ya comprendía por qué
sus padres actuaban un poco extraño por estas fechas, y también comprendía
esas desapariciones repentinas de su papá en medio de la celebración de la
Nochebuena. ¡Desaparecía para colocar los regalos bajo el árbol! El niño
sabía que Manuel tenía razón. El mito de los fantásticos seres que les daban
obsequios a todos los niños del mundo era demasiado bueno para ser verdad.
¡Qué tonto era por haberlo creído!
Al principio, Marcos había decidido reclamarles a sus padres por haberlo
engañado todo este tiempo, pero luego lo pensó mejor y concluyó que le
convenía más no decir nada. Seguiría actuando como si aún creyera en el mito
para continuar recibiendo el regalo de su elección cada diciembre. Sabía que
así sus padres no tendrían derecho a réplica si no les gustaba el juguete
que pedía. Sin embargo, a pesar de que recibiría su obsequio, Marcos se
sentía triste. La Navidad había perdido su magia para él.
Pasaron los fríos días de diciembre y llegó la Nochebuena, la misma que
antes el niño esperaba con tanta ansiedad. El menú de la cena navideña no le
importaba, todo le daba igual. Allí estaba sentado, sólo en un rincón,
apático de participar en los juegos que su familia hacía. “¿Por qué están
tan alegres?”, se preguntaba. Entendía que los niños lo estuvieran porque
aún creían, mas no comprendía qué podía causarles tanta alegría a los
adultos. En su opinión, la dura realidad no ofrecía ningún motivo real para
celebrar.
Entre la cena, las charlas y la algarabía, pasaron las horas hasta la
medianoche: El momento para abrir los regalos. Marcos vio como sus pequeñas
primitas casi se desmayaron de la emoción al ver que había un regalo para
ellas junto al árbol de Navidad. La cara de sus primos al destapar los
obsequios y ver que debajo de tanto papel estaba el juguete que querían, era
todo un poema. Los adultos también reían como niños mientras veían a sus
retoños entusiasmados con sus nuevos juguetes. Cuando Marcos cayó en cuenta,
él también tenía una sonrisa en su rostro y ni siquiera había abierto su
presente. Fue entonces cuando por primera vez supo que la Navidad, más allá
del significado religioso que tiene, más allá de los regalos que se den o se
reciban, más allá de decorar la casa con motivos propios de la época, y más
allá de las cena de Nochebuena; no es más que una excusa. Una excusa para
estar alegres. Una razón para ser felices aunque sea por unos pocos días al
año. Lo importante no eran los regalos ni quién los trajo, lo importante era
estar todos juntos celebrando que al menos por una sola noche, no había
razón para estar tristes.
“¡Lo único malo de la Navidad”, diría Marcos mucho después cuando ya era él
quién ponía los regalos bajo el arbolito, “es que no dura los 365 días del
año!”.
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Ve a las secciones del Especial Navideño
antes de que la nieve se derrita
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Textos de los
miembros del proyecto
Gracias a los blogueros que
mandaron sus textos.
En esta sección los compilamos y pronto
anunciaremos los ganadores. |
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¿Odias la Navidad?
El Grinch se fue este año con las manos vacías. ¡Al parecer en
Blogueratura les gusta la Navidad! |
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Mi nombre es Lucas
Sergio Santiago Madariaga, 10:12:2005
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Mi nombre es Lucas. Yo no escogí ese nombre, me fue impuesto
desde hace mucho tiempo atrás. Vivo entre seres que no son como yo, todo lo
que me rodea es muy distinto a mí. He dedicado gran parte de mi vida a tratar
de entender cuáles son las reglas que rigen este mundo, pero lo único que sé
es que en menor o mayor medida todos comparten la misma confusión.
Al principio
las cosas eran sencillas. Mi infancia fue muy placentera, aunque sólo recuerdo
una calida oscuridad, el embriagador aroma de mi madre, la humedad de la leche
materna en la boca. Rememorar la dulzura de la leche inmediatamente me produce
una sensación de seguridad y me aferro a esa memoria cada vez que estoy en
peligro. Nunca volvería a tener tanta certidumbre.
No sé cuánto
tiempo fue, en ese entonces no sabía contar los días. En todo caso fue muy
poco, una brusca transición de la oscuridad a la luz señala la separación de
mi madre. Entonces inmediatamente sigue esto, este lugar. Me rodean unas
inmensas planicies verdes, los árboles son escasos. Todo es vegetal, hasta
donde alcanza la vista.
Y están los
hombres, las mujeres, los niños. Van de un lado al otro, se reúnen y se miran
entre sí, se organizan. O no hacen nada, simplemente sentados o de pie, parece
que no pasa nada, pero sé que no es así. Todo lo hacen de una forma
misteriosa, todo tiene un plan, un fin. Me ha costado mucho tiempo y
observación minuciosa entender que todo lo que hacen no se debe al azar. Hay
reglas, siempre las hay. Y yo quiero entender esas reglas.
Al principio
me llevaban de un lugar a otro, con una fuerza irresistible. Era muy
placentero y no tenía que hacer nada en especial, vivía para ser contemplado.
Me sonreían y me acariciaban, a veces varias horas al día, especialmente las
niñas. Entonces, una noche, llegó un anciano. Me tenía sentado en sus piernas
y pasaba por mi espalda unas inmensas y pestilentes manos. Intenté entregarme
al hedonismo una vez más, pero no dejaba de estremecerme un extraño
presentimiento.
El anciano
habló:
-- Éste es un
excelente gato ratonero, ¿por qué está tan gordo?
-- Nunca ha
querido cazar.
-- Ni lo hará
si lo siguen consintiendo. Si quieres que este gato sirva para algo,
enciérralo en el granero y no le des comida. Eso despertara sus instintos.
Y así fue.
Esa misma noche me encerraron en una oscuridad a la que mis ojos se
acostumbraron rápidamente. Tuve miedo y lloré por varias horas, pero nadie
vino. Entonces comencé a explorar ese nuevo espacio hasta que memorice cada
objeto y cada vacío. Al día siguiente vi la luz del sol recorrer los
resquicios entre las tablas de madera, llegó y se fue muy pronto. Entonces, a
la tarde del segundo día, sentí por primera vez el hambre.
El hambre es
como un viaje sin movimiento. Me llevo a un lugar que, aunque conocido, nunca
había visto antes. Comencé a sentir un dolor y un cansancio que me destrozaba
los nervios. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Por mi mente parpadeaba el recuerdo de mi
madre y de las caricias humanas, mi boca se llenaba con el sabor fantasma de
la dulzura. Enfebrecí, inmerso en recuerdos de protección y comida. Era el
final del viaje, porque este mundo nuevo resultó lleno de vida.
Con las patas
en el suelo, replegué todo mi cuerpo y comencé a escuchar todo a mi alrededor.
Y a aspirar intensamente. Mi mente comenzó a trazar líneas imaginarias, me di
cuenta que, pese a las apariencias, no estaba sólo, había un inmenso reino
justo debajo de mí, arrastrándose súbitamente y golpeando los túneles con una
creciente inquietud. Pues ese reino tenía miedo de mí. Podía oler su terror,
escuchar sus gritos. Ellos podían presentirme, sabían algo que yo no sabía
aún.
Y entonces
sucedió: Embriagado por su temor me dirigí justo a donde asomaba un único
agujero, miré fijamente escuchando todo el caos que me llegaba en oleadas de
ecos. Allá abajo se estaba perpetuando un plan, un plan de intenciones claras
a diferencia de los planes humanos. Comenzó a invadirme una sensación de
furia, furia violenta, pero completamente enfocada en el hedor y los murmullos
que surgían de ese agujero, cada vez estaban más cerca. A ellos y a mí nos
invadía esa misma furia, cuando vi los primeros atisbos de esa forma de vida
estuve a punto de abalanzarme, pero algo me sostuvo, espera, espera, era la
voz del hambre. Surgió un animal pequeño y miserable, viejo, enfermo. Estaba
gravemente herido pues sus iguales lo habían estado empujando a mordidas desde
lo más profundo de los túneles, Desesperado, el animal trataba de regresar
bajo la tierra pero no se lo permitieron. Muy pronto estuvo completamente
fuera, me miró y me grito con una voz bañada en rabia y pánico. Todo mi ser se
arrojó a él, ciego e irracional, hendí mis garras en la áspera piel, me llené
la boca con la amargura de su sangre, de sus vísceras. Así supe por primera
vez lo que era la muerte, a través de mis propios actos, para preservar mi
vida.
Al día
siguiente descubrieron los vestigios de mi matanza, lo cual causó una gran
alegría entre mis captores. Me dejaron libre pero no me alimentaron de nuevo.
Comencé a cazar habitualmente, ya nunca más dejaría de hacerlo.
---2---
Todos los
días he matado al menos una vez, conozco detalladamente todo mi territorio de
caza, he aprendido a emboscar y a caminar con sigilo. Muy pronto dejé de comer
ratones enfermos, ahora atacó todo lo que esté a mi alcancé. De vez en cuando
la madriguera me arroja un ratón viejo, pero eso ya sólo les da unas pocas
horas de tregua. Sin embargo, respeto mucho a las ratas y rara vez puedo cazar
una, de cualquier forma no son muy sabrosas, pues casi no sienten miedo.
Un día, en
mis primeros tiempos de exploración, descubrí algo que me llenaría de más
incertidumbre que nunca. En un lugar apartado de la casa hay un espacio
rodeado de alambre de púas y cubierto de tablas de cartón. De su interior me
llegaba un aroma extraño, indescriptible, así como un sonido incomprensible,
pero vivo. Los hombres visitaban ese lugar con cierta frecuencia. Muy pronto
descubrí un agujero y miré al interior. Allí, había un ser como nunca antes
había visto, su cuerpo estaba lleno de colores deslumbrantes y formas
exóticas. Era bellísimo, pero sus ojos estaban vacíos de entendimiento, era
completamente idiota.
Lo que
sucedió después fue todavía más extraño. Llegó el hombre, abrió la complicada
cerradura y comenzó a esparcir una pasta amarillenta en una fosa. Era comida.
El animal comió indolente de la fosa hasta hartarse, incluso un poco más. Así
fue como de nuevo todas mis certezas resultaron inválidas. Día a día me
asomaba por el agujero en el cartón y veía a este ser misterioso engrosarse y
prosperar. Las mujeres y la niña también lo visitaban y alimentaban, le
hablaban con una voz falsa, más aguda, lo acariciaban y hacían chasquidos con
la boca. Pero el animal era demasiado idiota para comprender el afecto y no
podía darse cuenta de nada, sólo se abalanzaba sobre la pasta y tragaba.
No podía
entender estos eventos, pero me dispuse a buscar una explicación. El recuerdo
de la dulzura de mi vida anterior me dominó y me llenaba de una extraña
envidia. Cada noche terminaba saturado de conjeturas respecto a lo que había
observado durante el día. El tiempo pasó y comenzó a sentirse un clima helado,
las presas escasearon y muy pronto comencé a cazar incluso insectos. Una
mañana de nuevo tuve un presentimiento que me heló la sangre, caminé
pesadamente hacia donde estaba el animal idiota y miré por el agujero, como de
costumbre. Pero esta vez todo fue distinto, el hombre abrió la puerta y tomo
al animal del cuello, lo sacó de su cautiverio y lo llevo al patio de la casa.
Me fue fácil mirar desde el pasillo. El aire viciado del interior concentró el
hedor del miedo que flotaba en el aire, así fue como supe de antemano lo que
sucedería. Miré al hombre usar su fuerza brutal y romper el frágil cuello de
su mimada criatura, le cortó la cabeza y después colgó el cuerpo sobre una
olla, para vaciar su sangre, después lo dejó en carne viva. El resto de la
tarde hubo mucha actividad que me dejó absorto, fulgores, aromas y figuras que
me eran completamente desconocidos. De vez en cuando reventaba una carcajada,
mi mente se llenó de alucinaciones, el relincho herido de los caballos en el
establo se mezclaba con mis pensamientos, me sentí atacado por una fiebre como
nunca había conocido.
Aquella noche
me aquejaron terribles pesadillas, donde mi cabeza aún viva atestiguaba a los
hombres ritualizar y devorar mi cuerpo. Veía mis huesos amontonarse sobre la
mesa y escuchaba sus carcajadas, más feroces que nunca. Vi un paisaje hecho de
carne líquida bajo un cielo dorado, de donde emergía hinchado de vida el
esqueleto del animal idiota. Me miraba fijamente con sus cuencas vacías,
imprecándome, retándome desde su extraña e infinitamente superior relación con
los hombres.
Esa
madrugada, en medio de esta dolorosa fiebre, decidí ocultarme y nunca volver a
tener el menor contacto con las personas.
---3---
Pasó el
tiempo y me habitué a mi nueva vida, me ocultaba de día y cazaba de noche. Con
gran alivio descubrí que muy pronto otro animal idiota ocupaba el lugar del
anterior. Sabía lo que sucedería y cuándo. Era la única certeza en mi mundo.
Tal y como predije, sucedió lo mismo, pero ya no me causó pesadillas. Y al año
siguiente igual, y al siguiente.
Pensé que
esto sucedería para siempre, hasta que empecé a notar un patrón nuevo: La casa
se hacia más grande, los vegetales se extendían más lejos. Incluso llegaron
criaturas nuevas. Algunas fueron devoradas casi de inmediato, a otras poco a
poco. Pero, más que nada, las personas engordaban. ¿Quién estaba engordando a
los hombres? Yo había desarrollado un escondite muy efectivo a un lado del
granero, cerca del pozo para que nunca me faltara agua. Me ocultaba en un
agujero espacioso y cómodo donde el calor y lo áspero de la tierra me
mantenían al margen del resto de la actividad humana. Nada me distraía de mis
pensamientos, así fue como pude notar el primer y casi imperceptible
movimiento en la tierra. Sentí un temblor que permanecía constante y
creciente, supe que algo estaba cada vez más cerca de aquí. De noche escalaba
los árboles más altos y escudriñaba el aire. Me llegaban fragancias nuevas,
ritmos terrestres incomprensibles. Y una noche vislumbré una luz como nunca la
había visto.
Durante los
días, notaba cada vez más embriagador, más presente, el aroma del miedo. Miedo
humano, que no huele como ningún otro miedo. Ese hedor me permitía vislumbrar
cosas indescriptibles, una maraña de imágenes reveladoras se desprendía de ese
aroma. Me sentí conmocionado y excitado a la vez. Supe entonces que conocería
muy pronto otro tipo de criatura.
Una noche los
hombres se fueron, todos sus objetos quedaron en silencio. Creí que el
significado de sus actividades quedaría oculto para siempre.
Pero no fue
así, al día siguiente regresaron, pero no estaban solos. Con ellos llegaron
otras criaturas que nunca había visto antes, pero tenían un olor abismal,
indescriptible. Yo miré sin comprender al principio, ¿qué criaturas son estas?
Y entonces llegó a mí la verdad: Insectos.
Insectos, sí,
de piel bruñida y dura. Con caparazones imposibles de masticar, de espinas
alargadas y filosas que se atoran en la garganta. Pero estos insectos eran
inmensos, tan grandes como una persona, algunos incluso mucho más. Nunca vi
sus ojos, pero vi con gran admiración los grandes esfuerzos que realizaban
para imitar a los hombres, lo cual los hacia ver todavía más grotescos.
Así fue como
finalmente conocí al cazador de lo que fueron mis captores. Vi que en lugar de
usar sus manos usaban el grito, un grito letal que perfora los cuerpos. Pronto
el resto de los insectos destruyeron los campos, saquearon la casa, vaciaron
el granero y, finalmente, se llevaron a rastras a todos los animales que
habían sido de las personas.
Pasaron dos
largos días antes de que considerara seguro salir de mi escondite. A mi
alrededor no quedaba nada de lo que había conocido antes. Ya no había fuego,
ni gritos, Y en el aire ya no dominaba ese omnipresente aroma a miedo humano,
tan intenso hacia unas pocas horas.
Lo más
natural, en mi experiencia, es que habían sido devorados. El hedor del miedo
siempre era el preludio ineludible del acto de devorar. Y, sin embargo, el
rastro humano claramente estaba trazado en el aire, afirmando lo contrario. Me
aproximé a una inmensa fosa, varias veces más grande que la fosa con la que
alimentaban al animal idiota, allí los encontré a todos juntos, intocados pero
sin duda vacíos. Así fue como tuve una nueva revelación sobre el orden del
mundo: no sólo se devora la carne, hay algo más en la vida que, arrebatada,
también alimenta.
Me aproximé
impregnado con una extraña emoción a una de las manos más añoradas, los
recuerdos de la primera dulzura y calidez palpitaban frenéticos en mi mente.
Nunca más separaría esa nostalgia del aroma de la sangre humana.
Y los
cuerpos, aquello era un hervidero de fragancias embriagantes, su percepción
parecía describir toda la complejidad y misterio de su mundo a través de sus
alimentos: vegetales, carne, materias para las que no tengo nombre… era un
paisaje que en su negrura prometía una nueva vitalidad.
Así, me
acerqué mucho más a esa mano y mi cuerpo hambriento vivió renovado el mismo
empuje de la primera cacería. Sólo mi dentellada dudó un instante, un breve
instante en que me invadió un extraño dilema.
Pero entonces
recordé que, desde muy temprana edad, aprendí que el amor también es
sacrificio…

CUENTO DE NAVIDAD
JOSÉ SÁNCHEZ
ZOLLIKER
REALIDAD NOVELADA
escritor@realidadnovelada.com
www.realidadnovelada.com
Al fondo de la cabaña, cruje la chimenea mientras pequeñas chispas –cual hadas
que al estornudar iluminan la noche- revolotean por doquier dibujando una
estela de cálido olor a madera. Entre risillas divertidas, él levanta la vista
de los recortes de noticias raras que colecciona y que tanto le divierten, y
su mirada se dirige a la ventana principal de la cabaña. Está nevando. No
podría ser mejor.
“Roban bebé pingüino”
“Las autoridades sanitarias temen que el motivo haya sido
para utilizarlo como regalo de Navidad…”
“Mujer gorda
deberá hacerse estudio en zoológico”
“Jennifer Walters, de 185 kilos, tiene tal magnitud que no cabe
en ningún aparato de resonancia magnética humana, por lo cual los médicos
sugirieron fuera traslada al zoológico de Nueva York que cuenta con un aparato
similar diseñado para diagnóstico de hipopótamos…”
Riendo, se levanta de la rústica mesa donde tiene desplegado todo ese conjunto
de recortes de diarios acumulados durante el año, y se sirve una copa de
Calvado que decanta y bebe solamente en esta noche. Disfruta el aroma, el
sabor seco amanzanado que acompaña con un poco de queso ahumado y jamón de
jabugo; ama su dejo acastañado. También, ama sus notas raras. Y es sólo hoy,
que junta las del año por concluir y las reúne y archiva en cajas con las de
años anteriores; actividad que goza de sobremanera. Sí, es cierto. Lo suyo es
un pasatiempo poco común, especialmente para alguien tan culto y adinerado.
Por eso, nadie sabe de su gusto extraño.
Esta
tradición lleva muchos años cumpliéndola en secreto y al pie de la letra.
Comenzó cuando tenía treinta y tantos años y ahora, con miles de cajas en
bodega, es un hombre mayor, de poco cabello blanco, arrugas profundas, caminar
lento y pecas en las manos... Y aunque con el tiempo los ojos se le han ido
apagando, no ha sucedido lo mismo con su sentido del humor, que más bien se ha
refinado y afilado. Es así, como todos los años, que pasa la víspera navideña
recordando, leyendo sus recortes y riendo a carcajadas abiertas hasta que se
duerme algo alcoholizado…
“Roban de museo
los famosos zapatos rojos de Dorothy”
“El par de zapatos rojos que Judy Garland utilizara en la cinta
del Mago de Oz, fueron robados de un museo en Minnesota…”
Esta nota la separa de las demás. Luego, con cierta melancolía que no le dura
mucho tiempo, piensa en que sería bueno tener un perro. El aire huele a campo,
y el frío respirar que entra a sus pulmones junto con el humo de su pipa, lo
hace sentirse renovado. Siempre este ritual lo pone de buen humor. Ha habido
ocasiones, en que hasta de la risa se ha orinado…
“Esposo infiel
delatado por el Loro de su Mujer”
“Las infidelidades de un hombre quedaron al descubierto
cuando el loro de su esposa imitó un "oh, si, Norma, así me gusta" , y Carmen,
la esposa, se percató que el loro se refería a la secretaria de su marido…
”
Esta es la forma en que él, se hace su Noche Buena. Trabaja todo el año
coleccionando asuntos nimios y cómicos que concluyen en el éxtasis de la risa.
Y así le gusta celebrar estas fechas. No con el ánimo depredador de las
compras. Sino con la risa. Algo tan simple y único, personal e íntimo como la
risa.
Desde que tomó la decisión, él no piensa en un regalo ideal, y tampoco se
decepciona al observar que lo cambian por otra cosa. Él no tiene que poner
cara de sorpresa ni de agrado al recibir artículos que nunca compraría. No se
endeuda, no sufre la cuesta de enero, no debe dinero. No va a centros
comerciales ni hace kilométricas filas. No se mete en el calor ni en el
bullicio. No se obliga a comer pavo ni ningún otro platillo que en realidad
nunca ha apreciado. No escucha jingles, ni plegarias, ni da ni recibe abrazos.
No tiene que tolerar a aquellos miembros de la familia cuya compañía no gusta
demasiado. No compra arbolito, ni tiene que barrer las esferas que se cayeron
y rompieron, ni revisa las luces intermitentes, como tampoco hace corajes por
los miles de foquitos del vecino. Él, en Noche Buena, no lidia ni con tontos
ni con borrachos, y no tiene que ceder al estacional sentimentalismo.
Él no consume más coca cola ni chocolates. No se indigesta, no sufre del
tráfico en esta época. Ni si quiera tiene que oler de cerca el ambulantaje. No
canta ni rompe piñatas, no asiste a posadas. No tiene que sostener superfluas
charlas de los acontecimientos recientes, que parece se llevan a cabo más por
demostrar estar informados que por querer escuchar otros puntos de vista…
Tampoco sufre y aguanta los falsos motivos y reflexiones catárticas
lagrimosas. No AMLO con sus pejedadas, ni Chente con sus vicentadas, ni
Madrazo con sus ocultos palazos. No Bush, no Osama, no nada. A él, sólo le cae
bien la risa. Es lo único que en realidad le queda. Porque él, no tiene a
nadie más en la vida para acompañar su soledad. Él, es un hombre que está
absolutamente sólo. Sólo con sus recortes de periódico, sus queridas notas
raras. Y este año, con un pequeño regalo que se ha hecho asimismo: un par de
zapatillas rojas con las que ha decidido engalanar su sala.
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